El barbasco: La historia no contada de las hormonas sexuales

La historia de la industria de las hormonas esteroideas es poco conocida a pesar que casi 4 millones de mujeres hoy en día toman píldoras hormonales. Posiblemente la causa de su olvido involucra una serie de factores de tipo social, económico y sobre todo político que afectaron la extracción y síntesis de hormonas en materias primas, especialmente hablamos de la de raíz denominada barbasco, una de las fuentes más importantes de hormonas.

El barbasco o Discorea composita Hemseley, es una raíz usada por los pueblos indígenas de México para tratar los dolores musculares y como anticonceptivo. Posee hormonas sapogeninas esterodiales asi como esteroles colesterol, estigmasterol y beta-sitosterol. Actualmente es utilizada en la industria farmacéutica para la elaboración de anticonceptivos.

La historia de las hormonas sexuales, se puede decir que comenzó en la década de 1930, periodo donde las farmacéuticas entraron en la carrera internacional para producir hormonas de este tipo. Sin embargo, para conseguir este objetivo, muchas empresas optaron por patrocinar estudios en universidades con el fin de obtener materia prima a costos menos elevados. Fue el caso de la compañía farmacéutica americana Parke-Davies quien patrocinó las investigaciones de Russell Marker, un profesor de la Universidad Estatal de Pensilvania, quien trabajaba con moléculas vegetales cercanas a los esteroides: las sapogeninas.

Entre 1939 y 1943, Marker y su grupo realizaron varios estudios y demostraron que las sapogeninas podían ser utilizadas como precursores en la síntesis de hormonas esteroides lo que estimuló a este investigador a buscar plantas que tuvieran un alto contenido de estos esteroirdes. Se dice que Russell Marker en 1941 se encontraba de viaje en Nuevo México colectando nuevas plantas para sus investigaciones, cuando vio, en la casa donde se estaba albergando un libro de botánica con la foto de una planta con una raíz enorme de la familia de los ñames o camotes, situada en el estado de Veracruz, México. Al percatarse de que aquella raíz era una posible nueva fuente de sapogeninas, viajó a ese estado. La planta que había visto se llamaba “cabeza de negro” (Soto, 2005) y efectivamente encontró que producía grandes cantidades de un compuesto esteroide, la diosgenina, la cual posteriormente logró transformarla en progesterona.

Marker quiso cultivar esta raíz, pero no pudo reproducir las condiciones en los laboratorios de Pensilvania, por tal motivo insistió a las farmacéuticas americanas que se tenían que instalar laboratorios cercanos a la materia prima. Sin embargo, no existió apoyo  para establecer una industria farmacéutica en México la cual era casi inexistente en esos momentos. A pesar de las negativas, Marker se fue a México en 1943 y estableció una nueva compañía en asociación con Emeric Somlo y Federico Lehmann, de los Laboratorios Hormona, S. A., a la que llamaron Syntex (Diechtl, 1980).

Hablar de la industria de las hormonas en México es hablar de la historia de Syntex una empresa nacional, que inicialmente contó con el apoyo directo del gobierno mexicano y que se dedicó desde 1944 a la producción e industrialización de la progesterona, logrando desplazar a los principales carteles farmacéuticos europeos y posicionarse como la única empresa que poseía la tecnología para producir los compuestos. Syntex además de colocarse en los mercados internacionales, creo una red de recolectores (campesinos indígenas) quienes le proveían directamente de las materias primas, a bajo costo económico.

El precio al cual Syntex compraba la materia a los campesinos no era justa, la simple recolección implicaba introducirse en la selva veracruzana, inhóspita en ese entonces, llena de peligros y con condiciones climáticas extremas. No obstante, la situación económica, la desigualdad social y el hambre obligaron a la gente a involucrarse con esta empresa y a la recolección de su preciosa materia prima.

Los recolectores fueron un recurso indispensable para la empresa, sin ellos y sus conocimientos de la zona, la búsqueda de nuevas raíces hubiera tardado mucho tiempo en realizarse, como el descubrimiento de la raíz Dioscorea composita, una planta semi-invasora que crece abundantemente y que contiene concentraciones de diosgenina hasta diez veces mayores que la “cabeza de negro”. Además, su ciclo biológico es de sólo tres años comparado con el de D. bartletii, que dura veinte. Todas estas características hacen a D. composita mucho más rentable que D. bartletii (Bernath, 2008).

A pesar que Syntex tiene un gran mercado en sus manos, años después de su creación se produce un conflicto serio, Marker se va de la empresa por una disputa económica, que obliga a Syntex a conseguir otro investigador que siga los procedimientos de extracción de la progesterona. Esta empresa encuentra a otro investigador capaz de sintetizar la progesterona de nombre George Rosenkranz que no sólo se instala en México, sino que aporta sus conocimientos en química en los departamentos de farmacia de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Syntex en 1951 deja de ser empresa mexicana y es comprada por estadounidenses y trasladada a California siguió siendo la principal proveedora de hormonas sintéticas en el mundo. Con este hecho, las compañías extranjeras transnacionales obtuvieron acceso directo a la materia prima y en el transcurso de los siguientes años desplazaron a las empresas independientes que habían participado en la industria mexicana de hormonas esteroideas. La materia prima quedó bajo el control y tecnología de las empresas extranjeras, evidenciando que las medidas del gobierno mexicano habían sido insuficientes desde un principio. Es increíble como el cambio cualitativo de una sola empresa hizo que el estado perdiera el control sobre los aspectos posteriores a la explotación del barbasco (Bernath, 2008).

Al ver el gobierno mexicano que pierde económicamente los derechos sobre sus productos, en 1970 se decreta la tramitación de los permisos forestales para la extracción del barbasco evitando que las transnacionales siguieran explotando el recurso en una tierra que no era suya. Se prohibió la exportación de barbasco y de diosgenina, de manera que las compañías extranjeras que querían producir anticonceptivos, cortisona u otros productos hormonales, tenían que comprarles directamente a los productores mexicanos la progesterona, con lo que se garantizaban las ganancias de las compañías nacionales.

La historia de los campesinos barbasqueros a manos de las transnacionales es larga, dolorosa e indignante. En 1975 se crea Proquivemex por el gobierno federal, para defender los intereses de la nación, beneficiando la compra de esta planta a los campesinos a 1.50 de dólar por kilo. Antes las transnacionales pagaban 20 centavos por kilo a los campesinos diciéndoles que el barbasco solo servía para producir jabones, pero pronto los campesinos se enteraron del verdadero valor de la planta y su uso para la extracción de esteroides, donde un solo gramo de ella valía en aquellos años 20 mil dólares (Diechtl, 1980).

Proquivemex llegó a producir sus propios medicamentos y también reunir a los campesinos para exigir un precio justo por el barbasco. Esta empresa exigió que las transnacionales dedicaran un 20% de su capacidad instalada para elaborar los productos para Proquivemex, sino cumplían no se les vendería barbasco. Con estas medidas se pretendía recuperar el control estatal sobre el barbasco y transferir las ganancias desde las transnacionales a los campesinos (Diechtl, 1980).

A finales de los setentas, las transnacionales cansadas y temerosas del monopolio mexicano del barbasco, empezaron a buscar otras fuentes de precursores. Se organizaron expediciones botánicas en diversas partes del mundo para encontrar nuevas especies productoras de sapogeninas. Otras compañías perfeccionaron la síntesis de progesterona a partir de colesterol logrando la síntesis química total, lo que les permitió prescindir del barbasco para producir la progesterona. Para finales de los ochentas, el mercado del barbasco había decaído drásticamente y con ello, el sustento de los campesinos que lo recolectaban.

En la década de 1990 ya era muy difícil recuperar el recurso y explotarlo, no existían las condiciones tecnológicas ni económicas, así como la dificultad de conseguir nuevos mercados a nivel internacional. Sin embargo, no se puede excluir la posibilidad que a largo plazo vuelva a existir una demanda por la raíz y por lo tanto se desarrollen nuevos productos farmacéuticos.

El barbasco es sólo uno de los tantos ejemplos de los recursos vegetales con los que cuenta México. De alguna manera, estas plantas y su explotación están inscritas en la historia de una industria que gana millones, pero desgraciadamente no están presentes en la historia de un país que por cuestiones políticas y económicas, no supo aprovecharlas.

Ciencia en el Franquismo: Albareda y la fundación del CSIC

En el presente ensayo quisiera repasar sucintamente el nacimiento del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y muy especialmente la figura de José María Albareda (1902-1966), quien dirigió la institución con puño de hierro desde su fundación en 1939 hasta su muerte en 1966, resiguiendo el artículo de Antoni Malet1 que vimos en el aula. Aunque algunas narrativas históricas insisten hoy día en aseverar que el CSIC no es más que el heredero de la Junta para Ampliación de Estudios (JAE), con simples alteraciones cosméticas -por ejemplo la propia página web del CSIC2-,la tesis de la continuidad es sin duda muy cuestionable. La Junta fue rápidamente desmantelada, incluso antes de terminar la Guerra Civil, por el gobierno fascista de Burgos y CSIC fue concebido desde el inicio como un polo completamente opuesto al carácter liberal de la Junta. Este espíritu reformista que irradiaba de la JAE chocaba, evidentemente, con el nuevo Estado Español de la dictadura franquista.

Albareda, Franco e Ibáñez martín en la seddel central del CSIC en 1948

La victoria de los militares sublevados en la Guerra Civil española supuso el fin de la “Edad de Plata” de la ciencia en España. No solo se desmanteló la JAE y su programa, también se llevó a cabo una concienzuda purga en la Universidad para acomodarla al nuevo ideario nacional-católico. En el artículo que nos ocupa, se señala que un 18% de los 540 catedráticos universitarios que había en 1935 perdieron su plaza, bien por ser apartados de sus puestos, bien por marchar al exilio o ser represaliados con cárcel o ejecución. Asimismo, casi un tercio de estos, 173, sufrieron algún tipo de sanción y hay que destacar muy especialmente entre estos a 18 victimas de sentencias de muerte (p. 308). La represión a la vida científico-académica no fue sin embargo una excepción pues ninguna otra esfera escapó a lapurga y posterior adoctrinamiento.

José María Albareada

José María Albareda Herrera nació el 15 de abril de 1902 en Caspe, hijo de una familia acaudalada, de mentalidad conservadora y profundamente religiosa; su padre era farmacéutico, terrateniente y explotaba además una factoría de productos agrícolas. Se licenció en Farmacia por la Universidad de Madrid en 1923 y dos años más tarde en Ciencias Químicas por la de Zaragoza, donde se inició en la investigación científica. Se doctoró en Farmacia en 1928 y se especializó en la ciencia del suelo -edafología-. Cabe destacar que realizó varias estancias en Bonn, Zürich y Köningsberg gracias a una pensión concedida por la JAE donde estudió “química del suelo” o “aplicada a la agricultura” bajo la dirección de Hubert Kappen (1878-1949), Georg Wiegner (1883-1936) y Eilhard Alfred Mitscherlich (1874-1956) respectivamente. En 1931 elaboró su segundo doctorado, en Química, tras realizar otra estancia pensionada en Gales y Escocia donde trabajó para la Rothamsted Experimental Station estudiando la “química del suelo”. En 1934 ganó una Cátedra de Instituto de Enseñanza Media en Madrid que todavía ostentaba en el momento de la la insurrección militar del 18 de julio.

El proceso revolucionario fue particularmente vigoroso en Aragón, con numerosas colectivizaciones agrarias en las tierras ocupadas por las columnas confederales catalanas y la creación del Consejo Regional de Defensa de Aragón, entidad autónoma creada por los anarquistas y con sede en Caspe. Vistos los antecedentes de su familia y los acontecimientos que transcurren en su ciudad natal durante la contienda, su padre y su hermano fueran asesinados en esos primeros días de exaltación y rencor. Albareda, al que podemos imaginar profundamente afectado por este acto criminal, buscaría consuelo y apoyo en la residencia de estudiantes de Josemaría Escrivá de Balaguer, personaje trascendental en su vida, al que había conocido a primeros de 1936. Albareda había quedado cautivado inmediatamente, pese a tener la misma edad, por el “especial magnetismo personal que irradiaba” Escrivá. De hecho, será el decimosegundo individuo en unirse a las filas del Opus Dei (p. 315), llegando a ordenarse como sacerdote numerario de la Obra en 1959.

Jose María Escrivá de Balaguer

Josemaría Escrivá de Balaguer (1902-1975), fundador del Opus Dei, será años más tarde beatificado por el papa Juan Pablo II. No me detendré aquí a explicar qué es y qué hace el Opus Dei o la vida de su fundador, pero sí quiero apuntar unas ideas que encuentro marcarán a Albareda y transcenderán en su trabajo al frente del Consejo. El Opus se caracteriza por el culto a la personalidad del líder, siempre dentro de una excepcionalmente rígida jerarquía, y muy especialmente la obediencia ciega. «Obedeced, como en manos del artista obedece un instrumento —que no se para a considerar por qué hace esto o lo otro—, seguros de que nunca se os mandará cosa que no sea buena […]» o «Nunca olvides que eres solamente ejecutor» (p. 314) son algunas de las máximas que se encuentran en Camino, la obra más carismática de Escrivá, escrita en 1934. En este conexto no quedaba espacio ninguno para la disensión o el pensamiento crítico.

Los dos, junto a otros miembros del Opus, conseguirán fugarse desde el Madrid republicano hasta la España nacional llegando a su capital, Burgos, a finales del 37 donde Albareda trabajará como colaborador de la Secretaría de Cultura. En esos días, el Ministerio de Educación Nacional del gobierno rebelde lo ocupa el político derechista y profesor universitario Pedro Sainz Rodríguez (1897-1986), a la razón amigo personal del general Franco. Sainz, junto a algunos influyentes prohombres como el “camaleónico” Eugeni d’Ors (1881-1954), querrán articular una nueva institución para promover la investigación y la educación científica entorno a la figura del Instituto de España. De hecho, este primer gobierno de Franco ya ha disuelto la Junta legando todas sus funciones y bienes al Instituto. A priori, el plan del Instituto de España no supondría un gran cambio para con la manera de trabajar o gobernar internamente la JAE. La idea es más bien la de “limpiar de rojos” la ciencia española, purgar a fondo la institución y muy especialmente asegurar su “obediencia y gobernanza” mediante la designación de individuos afines al proyecto franquista. Pero este plan, tiene un germen de liberalismo que le hubiera permitido construir proyectos controlados por otro organismo ajeno al Ministerio de Educación Nacional, alejándose así de la idea de férreo centralismo del nuevo estado.

Albareda junto a José Ibáñez Martín (1896-1969), destacado militante de la Renovación Española de Calvo Sotelo, serán mucho más beligerantes con la JAE y muy concretamente con su manera de cultivar la ciencia. En particular señalarán estos cuatro defectos: 1.- La Junta “es un nido de rojos” que la emplean para la “propaganda de sus ideas materialistas y ateas”. 2.- Ha fallado promoviendo la investigación dentro de la Universidad española. 3.- No ha dado prioridad a la ciencia aplicada y la tecnología dentro de su programa. 3.- La Junta es un organismo liberal, en el sentido de que las líneas de investigación son aquellas que los jefes de equipo prefieren y no los “campos de reconocida importancia estratégica”.

Así encontraremos que al finalizar la Guerra, el modelo centralista y autoritario del CSIC prevalecerá sobre el del Instituto de España. Albareda y Sainz, señalados como Secretario General -puesto que ocupará hasta su muerte en 1966- y Presidente respectivamente, imprimirán una total sumisión del nuevo organismo al Estado, vía Ministerio de Educación Nacional, considerándose a si mismo como el “Estado Mayor” de la investigación científica española.

Como vemos en el texto de la ley fundacional del CSIC, cargado de esa barroca retórica de la “unidad de destino en lo universal”, el recién fundado Consejo Superior de Investigaciones Científicas «estará integrado por representaciones de las Universidades, de las Reales Academias, del Cuerpo Facultativo de Archivos, Bibliotecas y Museos, de las Escuelas de Ingenieros de Minas, Caminos, Agrónomos, de Montes, Industriales, Navales, de Arquitectura, Bellas Artes y Veterinaria. […] investigación técnica del Ejército, […] las Ciencias Sagradas». Es interesante ver cómo los distintos cuerpos de ingenieros seguirán conservando ciertas parcelas dentro de la ciencia española, así como los militares ganarán mucha proyección en este modelo. El ministerio de Educación será plenipotenciario en todo lo relacionado con la investigación o la docencia: «Se autoriza al Ministro de Educación Nacional para interpretar, aclarar y aplicar esta Ley, así como para dictar cuantas disposiciones complementarias juzgue oportunas».

Inscripción que celebraba la victoria de Franco en el frontal del edificio del CSIC, retirada en 2010

Albareda concebirá la «nature as a second book of revelation whose reading leads humankind to God» porque «la creación es un pensamiento divino» y considerará a la ciencia «moralmente ciega» lo que le llevará a aseverar que esta «necesita ser guiada» (p. 323). Clamará por la distinción entre el progreso cientifico-material y el moral en una «civilizacion superracionalizada» como la nuestra, que «necesita volver a Dios para poner un poco de orden». «Nowadays society knows how to make good scientists out of young people but does not know how to turn everybody into a good person» criticará, y tendrá muy claro el camino que ha de emprender la nueva investigación científica española: «leading to God instead to self-glorification» (p. 324). Pese a esta retórica moralista, vemos como el CSIC lleva a cabo importantes investigaciones de carácter militar, armamentístico o industriales desde su fundación. Seguramente por aquello de que la ciencia no solo patrocina al desarrollo de la ciencia y la industria, si no que también contribuye al «prestigio internacional» de la nación(p. 320). La única excepción al monopolio del CSIC serán las cuestiones relacionadas con la física nuclear, que se coordinarán desde la Junta Nacional de Energía Nuclear desde 1951.

Quisiera, antes de terminar, mencionar brevemente el caso de la Universidad de Navarra. Puede parecer relativamente sorprendente la aparición de esta universidad privada en un régimen que ha pretendido centralizar y controlar toda la educación bajo su estrecha supervisión. Pero no lo será tanto si examinamos más detenidamente su fundación, promovida por el propio Josemaría Escrivá que ofreció, muy hábilmente, el rectorado a Albareda desde el primer momento,quien se ha mudado permanentemente a su congregación desde el fin de la Guerra. Las redes clientelares de Albareda, todopoderoso en el sistema de investigación científica español durante décadas, explicarán para algunos historiadores el poder que conseguirán los tecnócratas del Opus Dei en décadas posteriores (p. 329) dentro del régimen franquista.

Como conclusión, quiero mostrar unas pocas cifras para ilustrar el paso de Albareda por la Secretaría del CSIC durante las décadas centrales del S. XX. Según el texto (p. 332), antes de la Guerra había menos de 100 investigadores a tiempo completo en por los más de 2500 en la década de los 60, cuando el CSIC perderá el monopolio de la investigación en favor de la universidady especialmente gracias a la Comisión Asesora para la Investigación Científica y Tecnológica (CAICYT) fundada de 1958. El presupuesto en investigación también crecerá de los exiguos 15 millones de pesetas de 1940 hasta los más de 626 millones de 1968, aunque habría que matizar mucho estas cifra debido a las sucesivas oleadas de inflación económica de esas décadas. Pero podemos encontrar otro dato que sí es claramente indicador del gran crecimiento en la producción científica española: en 1960 hay unas 60 publicaciones especializadas frente a las 8 que había antes de la Guerra. Como vemos, sí hubo un gran crecimiento en lo referente a la investigación científica en la España de mediados del siglo XX, aunque evidentemente sesgado y profundamente adoctrinado. Lamentablemente, nunca podremos comparar estas cifras con las que hubiese conseguido la JAE si hubiera podido desarrollar su labor durante esas décadas, lo que nos permitiría una excelente comparación cuantitativa y, con un poco más de trabajo, un interesante contraste en lo cualitativo.

La «edad de plata» de la ciencia española

Me gustaría presentar aquí un pequeño resumen de las analogías encontradas entre los textos de Sánchez Ron y Roca-Rosell y el de Nieto-Galan que analizamos en el aula durante la sesión de estudio del estado de la ciencia en las españas de principios del S. XX y en concreto el papel desempeñado por la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE). Creada gracias a los esfuerzos de los intelectuales liberales reunidos en torno al influyente proyecto de renovación pedagógica de la Institución Libre de Enseñanza (ILE), fue fundada en 1907 y presidida por el ilustre Santiago Ramón y Cajal, desde el inicio hasta su muerte en 1934. El espíritu liberal y de reforma que irradiaba la JAE chocaba, evidentemente, con el nuevo Estado Español que nacería al calor del nacional-catolicismo de la dictadura franquista. Incluso antes de terminar la Guerra Civil, el gobierno provisional fascista de Burgos decretaría su absoluta disolución.

Instalaciones de la JAE

Lo primero y más evidente de los dos artículos es su intención, expresada sin ambages en ambos, de mostrarno que pese a las muchas miserias de la ciencia española de esa época, no encontramos un completo páramo en lo referentes a la investigación. Sánchez Ron y Roca-Rosell, cuando se refieren al Laboratorio de Investigaciones Físicas (LIF), lo hacen hablando del «first research laboratory of any significance in Spain. […] This state-supported institution was not attached to any university» (pág. 127) y Nieto-Galan matiza que «It was valuable, but not isolated, and was excessively dependent on a single institution, the Instituto Nacional de Física y Química» de la JAE (pág. 169).

Los dos textos se centran en las figuras que dan vida a los respectivos laboratorios. Por un lado, el que sería director del Laboratorio de Investigaciones Físicas -fundado por la JAE en 1911- y apodado como “Padre de la física moderna española”, Blas Cabrera y del otro, García Banús; alma del Laboratorio de Química Orgánica (LQO) de la Universidad de Barcelona. Este último caso es especialmente curioso, pues se trata de un laboratorio de investigación dentro de la universidad, situación absolutamente excepcional en una época en la que la universidad sólo pretende formar profesores y no investigadores (S.R. y R-R. pág. 138).

Blas Cabrera en el LIF

Blas Cabrera nació en 1878 en Arrecife de Lanzarote y se licenció en Ciencias Físicas y Matemáticas en la Universidad Central de Madrid, doctorándose en Ciencias Físicas en 1901. Descrito como un experimentalista interesado especialmente en las propiedades magnéticas de la materia, vio la necesidad de solicitar un pensionado de la JAE para mejorar su formación teórica en distintos laboratorios físicos europeos, al ser señalado como director del LIF.

El profesor Antonio García Banús

Por su parte, García Banús nació en 1888 en el seno de una familia acomodada valenciana, sobrino del pintor Joaquín Sorolla, y también viajó a la capital del Reino para obtener su licenciatura en Ciencias Químicas en 1910. Continuó su formación, como pensionado de la JAE, en la Eidgenössische Technische Hochschule (ETH) de Zürich donde preparó su doctorado en química orgánica, en el nuevo campo de los radicales libres, en el laboratorio de Julius Schmidlin. Durante esta estancia en Suiza, se granjeó una buena reputación entre sus pares germanoparlantes, publicando artículos relativamente influyentes en sus revistas y llegando a innovar en distintas técnicas y aparatos para la síntesis y aislamiento de los trifenilmetilos.

Como podemos ver, era un común entre las clases pudiente de principios del siglo pasado abandonar su periferia natal para ir a formarse a Madrid. Así mismo, es claro el papel que juega la JAE en la formación de los investigadores mediante las becas en el extranjero. De hecho, los dos constituirán la espina dorsal de sus respectivos laboratorios a partir de estas experiencias. Estos casos nos muestran claramente una modernización de la investigación científica española, donde hay que notar que antes de la fundación de la JAE apenas existían algunos estudios avanzados sobre astronomía y meteorología dentro de nuestras fronteras. Los trabajos de investigación en química o física eran prácticamente inexistentes, aunque la formación de los distintos cuerpos de ingenieros en estas materias solía ser bastante sólida.

Anales de la Sociedad Española de Física y Química

Es tristemente destacable el hecho de que la originalidad de los dos investigadores parece esfumarse al sumergirse en el ambiente español, poco propicio para la investigación. Además el alcance de sus publicaciones se ve reducido casi en exclusiva a los Anales de la Sociedad Española de Física y Química, sin llegar a trascender en el extranjero. El caso de García Banús puede ser paradigmático: «Teaching duties, the writing of chemistry textbooks and institutional commitments became progressively more important than research in this peripheral context» y además «teaching duties diverted him from top-level research, and from the task of recruiting more students, obtainig the necessary laboratory equipment and guiding research projects» (N-G. Pág: 182). Seguramente, a demás de la falta de “ambiente científico”, influía fuertemente la necesidad de complementar el sueldo de profesor universitario de alguna manera, pues es conocido que este salario no permitía vivir con muchos lujos y es común encontrar a los docentes de la época dedicados a una segunda actividad.

Los dos investigadores mantendrán muy viva su red de contactos internacionales, que forjaron durante sus estudios en el extranjero como pensionados de la JAE. Emplearán estos contactos para enviar a sus más aventajados pupilos, siguiendo con el programa de becas de la Junta, para que consigan una mejor formación en investigaciones avanzadas. Pese a todo, esta fantástica formación no aseguraba un buen futuro como investigador: «the universities had no way of profiting from so many trained scientists; on the contrary, they would spoil their scientific potential» (S.R. y R-R. pág: 136). Recordemos que el caso del LQO de García Banús es una excepción, y parece ser una empresa movida por el ímpetu personal debido al total «lack of support from the university authorities» (N-G. pág: 176).

Importante papel juegan las subvenciones del International Education Board (IEB) de la Rockefeller Foundation en el devenir de los dos laboratorios. Los reports de la IEB apuntaban a Barcelona como el “centro de progreso en España” y hablaban particularmente bien del LQO de García Banús (N-G. pág: 176), pero muy especial fue su influencia en el caso de la JAE, ya que en 1925 se firmó un preacuerdo entre el Gobierno, la Junta y la IEB para crear en Madrid un gran centro de investigación de física y química. La Fundación de Rockefeller pagó unos 400.000 dólares para la creación del que sería un espléndido centro de investigación científica: el Instituto Nacional de Física y Química, inaugurado en 1932.

El nuevo edificio del Instituto Nacional de Física y Química

Con la victoria de los militares insurrectos en 1939, nuestros personajes se verán forzados a exiliarse en América. García Banús, con su cátedra abolida, se marchará a Colombia donde fundará la Escuela de Química de la Universidad Nacional de Bogotá y más tarde se moverá a Venezuela, donde morirá en 1955, fundando el Laboratorio de Investigaciones de Química Orgánica de la Universidad de los Andes en Mérida. Vemos como nuevamente repetirá la experiencia de intentar implantar sus conocimientos en el campo de la investigación en la periferia. Por su parte, Blas Cabrera se exilió en México y fue acogido por la Facultad de Ciencias de la Universidad Nacional Autónoma donde trabajó como Profesor de Física Atómica y de Historia de la Física hasta su muerte en 1945.

Como conclusión, los dos textos insisten en que sendos laboratorios pueden ser considerados, más o menos, Research Schools según los postulados de Gerald Geison3: «a small group of mature scientists pursuing a reasonably coherent programme of research side-by-side with advanced students in the same institutional context and engaging in direct, continuous social and intellectual interaction» (Geison, op. cit. Pág. 23 ). Si bien es cierto, que la falta de continuidad que implica el trágico desenlace de la Guerra Civil, así como las innumerables dificultades a su labor derivadas del atraso del sistema académico español, hacen muy difícil que estás instituciones puedan cumplir con exactitud los 14 requisitos que enumera Geison en su artículo canónico. No obstante, son dos brillantes ejemplos del estado de la ciencia dentro del panorama español de principios del XX.